Renzo Chavez y Gilda Bohl
17 febrero, 2022

Constantemente estamos cuestionando diferentes aspectos de nuestras vidas, como por ejemplo: ¿será bueno cambiar de trabajo?, ¿por qué no me alcanza el dinero que gano?, ¿cómo puedo llevar de la mejor manera la conversación que deseo con mi jefe?, ¿será este el momento ideal para tener un hijo?, ¿y si me caso?, ¿me podré mudar para vivir solo?, ¿me conviene invertir en esta capacitación?, ¿cómo puedo administrar mejor mi tiempo?, ¿por qué he terminado pagando la membresía del gimnasio, si nunca voy?

Al compartir estas preguntas con personas de confianza, probablemente descubriremos que, a pesar de la buena voluntad que tengan de ayudarnos, no siempre las soluciones que nos ofrecen aplican a nuestra realidad personal ni nos sirven para lograr un cambio. Y es que, en el fondo, las verdaderas respuestas a estas interrogantes jamás vendrán de fuera, sino desde dentro. Lo que sí, hay personas que pueden ayudarnos a abordar estas preguntas e incluso otras mucho más profundas: los coaches profesionales. Conozcamos a qué se dedican, y por qué son aliados estratégicos fundamentales para desarrollarse y crecer en un escenario post-pandemia.

 

La importancia del coaching en la nueva normalidad

Los desafíos de la nueva normalidad han revalorizado al coaching como respuesta frente a la profunda necesidad humana de crecer, desarrollarnos y superarnos continuamente, para alcanzar nuestro máximo potencial y experimentarnos más contentos con nosotros mismos. La importancia de esta disciplina se ha vuelto indiscutible en un mundo que, en medio de la crisis sanitaria global, detuvo su ritmo vertiginoso por unos cuantos meses, permitiendo a muchas personas saborear, quizá por vez primera, la experiencia de estar a solas consigo mismo y plantearse mil y una preguntas existenciales que, naturalmente, afloran. Y, quizá también por vez primera, la necesidad de contar con una guía en aquel camino de autodescubrimiento y crecimiento.

Crecer hasta lograr la mejor versión de nosotros mismos no es tarea fácil, dado que exige una alta dosis de autoconocimiento y una profunda comprensión antropológica que no todos poseen. La pregunta por la propia identidad no es un problema a resolver, sino un misterio a explorar y, por tanto, es una pregunta siempre abierta. Y de la respuesta a tal pregunta depende, en gran medida, el éxito en las metas de crecimiento que trazamos.

En este sentido, el coaching ofrece la posibilidad de dedicar tiempo a reencontrarse con uno mismo, observarse, reflexionar, tomar conciencia sobre las propias acciones, tomar decisiones desde la propia libertad y establecer una hoja de ruta para lograr los objetivos de crecimiento propuestos, bajo la guía de un profesional dedicado al acompañamiento de personas.

 

¿Para qué tener una sesión de coaching?

Quien ha tenido la oportunidad de participar de una sesión de coaching, comprende que el coach no es un motivador, un consejero, un mentor o un terapeuta, sino más bien un aliado para el logro de objetivos de crecimiento tanto a nivel personal como profesional. A lo largo de la sesión de coaching, el protagonismo lo tiene siempre el coachee (persona acompañada), y no el coach (acompañante): su labor, por tanto, no es indicar qué debe hacer el otro, sino más bien sentar las condiciones necesarias para que aquella persona descubra por sí misma su potencial, sus oportunidades de crecimiento y las acciones que puede realizar para alcanzar su cometido.

Las sesiones de coaching están dirigidas a todo aquel que tenga el propósito de crecer, cambiar perspectivas o reaprender hábitos, para ser más competente en cierto aspecto de su vida personal o profesional y alcanzar su máximo potencial. Debe ser una persona dispuesta a trabajar consigo misma, detenerse para evaluar sus propias limitantes y, por supuesto, comprometerse con el giro de ciento ochenta grados que desea implementar. Como resultado, la persona clarificará sus objetivos, crecerá en conciencia acerca de sus aptitudes y actitudes, y definirá metas y plazos para poner en marcha el crecimiento que desea.

Durante las sesiones, el coach acompaña a través del planteamiento de preguntas, pero no cualquier clase de preguntas sino preguntas poderosas, dirigidas a clarificar objetivos, abrir posibilidades, identificar limitantes y tomar decisiones, invitando a la reflexión y la toma de conciencia para culminar en la elaboración de una hoja de ruta personal, con acciones específicas que permitan el logro de los objetivos de crecimiento trazados. Así, por ejemplo, si alguien plantea que experimenta la necesidad de cambio, el coach podrá preguntar: ¿Qué cambio deseas hacer en tu vida? O, para ayudar a ver la realidad, puede formular: ¿En qué situación te encuentras con respecto a ese cambio? En miras a ayudar a identificar el crecimiento, podría cuestionar: ¿Qué puedes hacer distinto para lograrlo? o ¿qué necesitas para lograrlo? Si lo que se busca es ayudar a liberar el potencial, puede ser útil enunciar: ¿Qué beneficios obtendrías al lograrlo? Y si el fin es incorporar acciones para iniciar o consolidar el crecimiento, podría plantearle: ¿Qué harás para empezar a caminar en dirección a esa meta?, o ¿cómo puedes apoyarte en tu sistema para lograrlo?

 

Yo… ¿coach?

Los coaches no son personas sabias y perfectas, que tienen la vida resuelta, ni tampoco existe un único perfil de coach. Son, principalmente, personas orientadas a las personas, que han aprendido el arte de conectar con el otro para permitirle despertar su potencial. Los coaches, por tanto, pueden tener las profesiones más variopintas y dedicarse incluso a actividades de lo más diversas… pero comparten un skillset o conjunto de habilidades que les permite desempeñarse con maestría en el arte que practican.

Las competencias del coach son distintas de las de otros profesionales, habiendo incluso diferencias entre las ramas del coaching. En el caso del modelo antropológico, el coach desarrolla habilidades fundamentales como la generación de relaciones de confianza; la percepción, afirmación y expansión del potencial de cliente; la escucha comprometida; el procesamiento del presente; la comunicación verbal y no verbal; la clarificación de la realidad; el establecimiento de propósitos claros; la invitación a posibilidades; así como la creación de sistemas y estructuras de apoyo.

Conocer las herramientas del coaching no es solo leer y estudiar: implica vivir el coaching de forma íntima, desde la propia experiencia de vida. Pasa por asimilar e incorporar al diario vivir cada una de las experiencias que el coaching obsequia a quienes lo practican. Es mejorar el propio bienestar y la calidad de vida, desde un cambio de mentalidad que repercute en las emociones y, por tanto, en las conductas y resultados. Ser coach, en el fondo, es ser capaz de practicar este arte consigo mismo, para aplicarlo así con quienes uno acompaña y se interrelaciona. Llevar una certificación en coaching, luego, potencia el desarrollo y crecimiento personal, laboral y social, capacitando para apoyar a otros de la misma forma, ya sea de forma indirecta como directa. De ejercer la disciplina, puede generar una valiosa fuente complementaria de ingresos y, claro está, de valor e impacto.

 

Desde el modelo de coaching antropológico, acompañamos a las personas a reconocer sus fuerzas internas, sus fuerzas movilizadoras y su libertad de acción para transformar su vida y conectar con su propia motivación. Es decir, ayudamos a las personas a crecer. Si esta declaración de propósito conecta contigo y crees que tienes o puedes tener todo lo necesario para dedicarte a ello… ¿por qué no consideras volverte coach profesional?

Renzo Chavez
3 enero, 2021

Hace algunos años, poco sabíamos del coaching y sus bondades. Confundida a menudo con la psicología o el mentoring, esta disciplina logró hacerse un nombre en el mercado gracias a su efectividad para ejercer un impacto favorable sobre el desarrollo de las personas, tanto en el ámbito profesional como privado.

Los beneficios del coaching son numerosos. A continuación, enumeramos sus diez principales virtudes:

1. Mayor autoconocimiento.
Todo proceso de coaching empieza con un valioso tour guiado por las profundidades del propio yo. Lejos de perder el tiempo en divagaciones estériles, esta introspección tiene un claro propósito: detectar nuestras habilidades, potencialidades, fortalezas y talentos, a fin de desarrollarlas apropiadamente y obtener mejores resultados. De igual modo, un examen concienzudo también revela nuestras debilidades, puntos ciegos y oportunidades de mejora. Esta mirada crítica y holística es, de suyo, un valor agregado.

2. Mejores creencias.
Una minuciosa revisión personal revelará nuestras creencias limitantes, traducidas en conductas-parásito y hábitos disfuncionales que nos alejan del logro eficaz de nuestras metas. En este sentido, el coaching nos ayuda a librarnos de aquellos paradigmas y prejuicios que bloquean nuestra mente y frenan nuestro desarrollo personal y profesional. Además, nos permite plantear mejores preguntas, para así adoptar creencias más realistas, funcionales y objetivas, que creen para nosotros posibilidades de crecimiento.

3. Mayor crecimiento.
El coaching fomenta el descubrimiento de nuevas alternativas por parte del Para este propósito, ayuda a las personas a mejorar tanto la mentalidad como la metodología con que normalmente detectamos oportunidades y las valoramos. Contrario a lo que normalmente se dice, el coaching no se limita a explorar posibilidades: nos ayuda a diseñar un plan de acción adecuado a nuestros recursos y oportunidades, que nos permita soñar alto además de con los pies en la tierra, tanto en el ámbito privado como laboral.

4. Mejores resultados.
El coaching ayuda a las personas a establecer objetivos “SMART”, esto es, específicos, medibles, alcanzables, realistas y delimitados en el tiempo. En sencillo, ayuda a definir la manera concreta de alcanzar nuestras metas, a fin de lograr mejores resultados. El coaching ayuda a las personas a llegar más lejos, superando barreras y obstáculos propios del caminar a través de un renovado discurso que crea posibilidades en lugar de claudicarlas. Para este propósito, el coach ofrece soporte, guía, dirección y feedback en vivo y en directo.

5. Mejores decisiones.
El coaching nos ayuda a elegir mejor, tanto en decisiones espontáneas como a mediano y largo plazo. El coachee crece en libertad y aprende a hacerse responsable de sus pasos. Plenamente consciente de sus valores, motivaciones y horizontes personales, construye un proyecto de vida sólido y apasionante, que lleva adelante con protagonismo. El coachee aprende criterios y herramientas que le permiten estructurar su vida y gestionar mejor sus recursos, en concordancia con las metas y objetivos trazados con anterioridad.

6. Mejor productividad.
El coaching logra incrementar exponencialmente la productividad, el rendimiento y el compromiso de las personas, además de contribuir a una mejor gestión del tiempo. Al hacerlo, expande nuestras oportunidades de crecimiento tanto a nivel personal como profesional. Asimismo, también aumenta la productividad de los equipos de trabajo, permitiendo limar asperezas frecuentes y propiciar una ágil y estrecha cooperación entre los colaboradores.

7. Mejores hábitos.
El cambio de creencias se traduce en conductas renovadas, pero precisa también de buenos hábitos que perpetúen dichos comportamientos deseados en el tiempo. En este sentido, el coaching constituye un aporte clave en la generación, fortalecimiento y consolidación de hábitos tanto operativos como morales (a saber, competencias y virtudes), indispensables para un óptimo crecimiento personal y profesional. Así, el coach auspicia un sano empoderamiento y un correcto ejercicio de la libertad, en favor del bien común.

8. Mayor inteligencia emocional.
El coaching nos descubre el fascinante mundo de nuestras emociones, invitándonos a conectar con este tantas veces relegado ámbito de nuestro ser. A menudo somos analfabetos emocionales, sin que siquiera lo sepamos. Acompañados por un coach, aprendemos a descifrar nuestras motivaciones más profundas y a orientar nuestra vida en una dirección plenificadora. Al hacerlo, fortalecemos nuestra confianza y autoestima, al mismo tiempo que desarrollamos nuestras habilidades blandas y mejoramos así nuestras relaciones interpersonales.

9. Mayor bienestar.
El coaching contribuye a nuestro bienestar. Invertir en autoconocimiento, inteligencia emocional y relaciones interpersonales reduce nuestro índice de desmotivación, estrés e insatisfacción laboral, aumentando nuestra productividad y compromiso. Asimismo, el coaching nos permite alcanzar un mayor equilibrio vida/trabajo, ayudándonos a priorizar nuestra felicidad en todo cuanto hacemos, tanto en el ámbito privado como profesional.

10. Mejor cultura.
El coaching incrementa la efectividad de los equipos de trabajo y favorece la creación de un clima organizacional cálido, agradable y adecuado para el desarrollo personal y profesional. Asimismo, incide positivamente sobre la creación de una cultura corporativa centrada en la persona, donde los valores, conductas y procesos se encuentren alineados con un horizonte inspirador que aúne y potencie los esfuerzos de los colaboradores. Además de esto, el coaching auspicia la libertad personal y contribuye a una mejor adaptación de los individuos a las singularidades de entornos complejos y altamente cambiantes.

En suma, el coaching es un proceso de acompañamiento a través del cual logramos conocernos, cambiar y crecer. Al dialogar con un coach (profesional certificado y altamente calificado, que cuenta con las competencias y herramientas necesarias para el desarrollo de personas), las personas renovamos nuestros paradigmas mentales, exploramos nuestras potencialidades, aprendemos a optimizar nuestros recursos e incorporamos hábitos que nos permitan concretar, alcanzar y exceder los objetivos trazados tanto a nivel privado como profesional. En conclusión, invertir en coaching es hoy un impostergable. Los individuos y organizaciones que apuesten por esta disciplina encontrarán un valor diferencial, tanto a corto como mediano y largo plazo.

Renzo Chavez
2 octubre, 2020

A pocos días de cerrar el año, muchas empresas siguen luchando por alcanzar los objetivos y metas proyectados. Contrarreloj, sentimos la presión de pisar el acelerador y dar el extra, aun cuando el desgaste acumulado nos viene pasando factura desde hace meses. Creemos que con una pizca de compromiso, actitud y motivación basta. Y, probablemente, sí: al fin y al cabo, cumplimos con los estándares trazados… pero, ¿a qué costo? En muchos casos nos quedamos con trabajadores quemados, con quemaduras que ningún incentivo puede paliar.

Contrario a lo que usualmente pensamos, la clave del éxito no está en repetir cual estribillo: más esfuerzo, más resultados, mejor rendimiento. Múltiples estudios han explicado una y otra vez que la productividad no depende, en última instancia, de hacer más sino mejor. Aunque suene paradójico, la prioridad de los equipos de alto rendimiento no está puesta en rendir: la primacía la tienen las personas. El rendimiento es solo un corolario, un feliz fruto de esta importante inversión en lo más importante. Luego, quizás sería mejor hablar de equipos de alto liderazgo que de alto rendimiento.

Creemos que tres verbos resumen perfectamente el perfil de los altos líderes.

 

CONECTA

El alto liderazgo empieza por relacionarnos novedosamente con el mundo que nos rodea. A menudo, juzgamos e interpretamos los hechos según parámetros y paradigmas adquiridos. Estos esquemas nos impiden atender con mente, corazón y voluntad abierta a los múltiples pedidos de la realidad circundante. Sin mayor conciencia, vivimos haciendo caso omiso a las necesidades de las personas que tenemos al lado. En lugar de vivir descargando información, necesitamos adoptar una nueva forma de estar ante la realidad. Y esta forma es escuchando.

Los altos líderes son especialistas en escucha. No se limitan a oír, estar atentos y permanecer despiertos frente a los constantes pedidos del entorno: procuran siempre sintonizar con las necesidades profundas de las personas que los rodean. Colaboradores, clientes, accionistas, proveedores: los altos líderes están realmente conectados con todos y cada uno de ellos. He ahí que invierten el mejor tiempo y el mayor esfuerzo por conocer, valorar y promover sus preocupaciones, aspiraciones, motivaciones y sueños.

Los altos líderes cuidan siempre que sus conductas y actitudes prediquen el propósito y los valores que nutren el día a día de sus compañeros. Como podemos evidenciar, esta profunda conexión con el otro, que nace de aquella escucha atenta y diligente de la valiosa persona que aquí y ahora tengo al frente, diferencia a un líder ordinario de uno extraordinario. Los altos líderes se desviven por servir a las personas conforme a las necesidades reales y potenciales del entorno. En este sentido, son también grandes innovadores, porque no se contentan con mantener el statu quo sino idear nuevos caminos para realizar el propósito que les apasiona.

 

CULTIVA

El alto liderazgo no solo cuida de conectar con las personas. Se preocupa también por aquel tercero intangible que surge espontáneamente de las interrelaciones cotidianas: la cultura. Tal como la definen John Mackey y Raj Sisodia en Capitalismo Consciente: “La cultura de una organización es su infraestructura psicosocial. Integra los valores, creencias y perspectivas compartidas, haciendo de los miembros de la institución un equipo altamente cohesionado y eficaz, dedicado a realizar el propósito común”. La cultura es la niña de los ojos de los altos líderes. El arte de cultivar la cultura determina, en gran medida, el éxito de la organización.

La cultura reúne un elenco de conductas, normas, procedimientos y usos que inciden sobre las acciones de quienes respiramos de ella. En palabras de David Wolfe: “La cultura es como el aire: invisible pero omnipresente. Ejerce una potente influencia transformadora sobre todos los que la experimentan”. Luego, frente al inmenso volcán dormido que constituye la cultura, los altos líderes asumen la responsabilidad, precisamente, de despertar y canalizar aquellas inconmensurables fuerzas de cambio en favor de las personas y la sociedad entera.

No hay alto liderazgo sin gestión cultural. Para catalizar el cambio institucional, precisamos canalizar las fuerzas patentes y latentes de la cultura interna. Para transformar una cultura desde dentro, debemos cambiar las conductas de los colaboradores, buscando alinearlas con el propósito de la organización. Reconocemos, sin embargo, que las declaraciones de valores no son suficientes. Luego, los altos líderes ponen manos a la obra y se dedican, primero que todo, a ser ellos mismos embajadores de cultura y modelos del comportamiento idóneo de la organización. Conjuntamente, se esfuerzan por revisar, intervenir y adaptar todos y cada uno de los procesos de la organización (y mejorar, en consecuencia, las infraestructuras), procurando que todo esté al servicio del horizonte último por el cual día a día trabajamos.

 

COLABORA

Los altos líderes reconocen que el propósito que los inspira no se alcanza ni de la noche a la mañana, ni mucho menos en solitario. Consiguientemente, es de suma importancia atraer y reunir a los mejores profesionales, pero esto solo no basta. Los equipos de alto liderazgo no son un conglomerado de individualidades destacadas: son cuerpos altamente cohesionados, donde, precisamente, la unión hace la fuerza. Refiramos un pequeño ejemplo.

Considerado por muchos como el material del futuro, el grafeno está formado por diminutos átomos de carbono puro, organizados sintéticamente según un patrón regular hexagonal. El grafeno, primo hermano del grafito (empleado en lápices), es usado como blindaje antibalas (¡es doscientas veces más resistente que el acero y cinco veces más ligero que el aluminio!). Luego, las virtudes del grafeno no dependen de las propiedades individuales de sus átomos, sino de la muy bien lograda integración de sus pequeños elementos. Ocurre exactamente igual con los equipos de alto liderazgo.

En ellos, el líder ocupa un lugar protagónico, pero no como acaparador de méritos o último responsable de la toma de decisiones. El rol del líder varía según la personalidad del equipo, pero, en esencia, la idea es la misma: hacer mejores a todos. El líder, en última instancia, vela por la armónica articulación de cada uno de los miembros; cuida del alineamiento entre los valores y las conductas en el día a día del equipo; auspicia la confianza, el empoderamiento y la corresponsabilidad; fomenta el diálogo abierto, la creatividad, la innovación y el riesgo. Pero, ante todo, un alto líder sabe co-laborar, esto es, es un experto trabajando con otros. Es perfectamente consciente de sus fortalezas y limitaciones, así como las de sus pares. A partir de ellas, logra orquestar como ninguno una sinfonía de primer nivel y alcanza, así, la ansiada consecución del propósito que a todos mueve a dar lo mejor de sí, tanto dentro como fuera del escenario.

 

CONCLUSIÓN

Conectar, cultivar y colaborar son tres verbos que describen el secreto de los altos líderes; pero todos ellos se pueden resumir en un solo sustantivo: persona. Conscientes de los riesgos de una mentalidad productivista, el alto liderazgo es presentado como alternativa frente a los desafíos de un mundo altamente cambiante y complejo, donde los esfuerzos individuales no bastan si queremos acometer grandes resultados. Los altos líderes viven y se desviven por atender las necesidades concretas de sus colaboradores; auspician día a día una cultura favorable al crecimiento personal y el despliegue profesional de los suyos; y son expertos en articular equipos de alta cohesión y, por ende, de alto rendimiento.