Renzo Chavez
29 diciembre, 2021

“Gracias”: una forma de ver la vida

Muchas personas adjudican la felicidad a distantes logros del futuro y, en consecuencia, no consiguen alcanzarla. ¿Qué pasaría si te digo que la felicidad está, más bien, asociada a experiencias ya vividas y acontecimientos que ya sucedieron? Una vez que las personas nos abrimos a la magia de mirar atrás, y no solo adelante, descubrimos que hay muchísimo por lo que agradecer. Dar las gracias nos abre las puertas, hoy y mañana, a una vida feliz.

“No es la felicidad lo que nos hace agradecidos, sino la gratitud lo que nos hace felices”, afirma con sabiduría David Steindl-Rast, y no se equivoca. El problema está en que, para muchos de nosotros, la gratitud no forma parte de nuestro día a día. Reducimos la gratitud a eventos aislados como los cumpleaños, la Navidad o el Día de Acción de Gracias. Y no entendemos su crucial importancia. La gratitud tiene la capacidad de transformar nuestro día a día en una continua acción de gracias y convertir nuestra rutina en fuente de alegría. Ser agradecido va mucho más allá de dar gracias: es una manera particular de ver la vida.

De acuerdo con Brian Tracy, “incluso en medio de las más grandes dificultades de la vida, siempre podremos encontrar cosas por las que estar agradecidos”. Y estar agradecido no es otra cosa que reconocer las cosas buenas de la vida. En psicología positiva, la gratitud es una respuesta emocional positiva frente a la percepción de recibir un beneficio de parte de alguien. Este beneficio debe ser algo no merecido ni buscado intencionalmente: simple y llanamente, es el resultado de la buena intención de otra persona.

 

Sé agradecido y te lo agradecerás

La gratitud nos transforma… literalmente. Desde una perspectiva neurocientífica, cuando somos agradecidos, producimos más serotonina y dopamina (nuestros neurotransmisores de la felicidad), acrecentando nuestro bienestar y nuestra capacidad para apreciar y retener las experiencias y pensamientos positivos, y repeler los negativos. Además, regulamos la producción de cortisol, neurotransmisor del estrés, disminuyendo la frecuencia con la que experimentamos cuadros de ansiedad, depresión y desgaste emocional.

Practicar habitualmente la gratitud trae consigo un amplio número de beneficios. A nivel físico, las personas agradecidas son 10% menos propensas a enfermarse a causa del estrés; presentan una mejora en sus funciones cardiacas y su presión arterial; y poseen un sistema inmunológico más fuerte. Además, cuentan con 15% mejor calidad del sueño y le dedican 1.5 más horas a la semana a realizar ejercicio, aumentando su expectativa de vida. A nivel emocional, la gratitud fortalece la autoestima, la construcción de vínculos interpersonales sólidos y la resiliencia afectiva; y favorece el optimismo, el buen humor y la empatía. En términos profesionales, eleva el compromiso, la comunicación y el rendimiento colectivo.

Cuando sentimos gratitud, nuestro deseo natural es expresarla. Hacerlo es un hábito muy saludable, en todo sentido de la palabra. Cuando damos las gracias, apreciamos a alguien tal y por quién es, y no solo por lo que hizo en nuestro favor; aprobamos el obsequio que nos hace, desde la conciencia del valor que nos añade; admiramos su generosidad, que es gratuita, genuina y espontánea; y, naturalmente, nos sentimos impulsados desde dentro a retribuir el bien recibido, dando con creces a quien, libremente, nos benefició con creces.

 

El ABC de la gratitud

¿Sabías que la gratitud puede cultivarse dando las gracias una vez al día, los 365 días del año? Pequeñas acciones cotidianas pueden convertirse en poderosos hábitos si dedicamos el tiempo y la fuerza de voluntad necesarios, y la gratitud no es la excepción. La pregunta es: ¿qué pequeñas acciones nos convierten en personas agradecidas? Repasemos algunas.

Asegúrate de dar las gracias a cada persona que hace posible algo tan sencillo como, por ejemplo, ese café que tomas por las mañanas todos los días. Ello te ayudará a valorar que ese café podría no estar allí y es el fruto del esfuerzo de muchos, quienes dan lo mejor de sí para ponerlo en tu mesa. Luego, recoge todas esas tomas de conciencia en una alcancía o jarrón de gratitud. Consérvalas para el futuro y vuelve sobre ellas cada vez que lo creas necesario. De igual manera, puedes empezar un diario de gratitud donde anotes cumplidos hacia ti o hacia otros; aprendizajes y experiencias de las que te sientes agradecido; o quizá personas y pertenencias que forman parte de tu vida y cuya presencia valoras mucho.

Otra forma de cultivar gratitud es demostrándola a quienes te rodean. Elige a una persona que forme parte de tu día a día y pregúntate: ¿qué admiras de ella y de qué quisieras darle las gracias? Piensa cómo puedes demostrarle esa gratitud: quizá a través de una carta, un voice note o un video; quizá tratándola con amabilidad, o haciéndole una visita esporádica como gesto de agradecimiento. Otra forma, quizá en el ámbito laboral, podría ser dándole feedforward, es decir, diciéndole qué crees que está haciendo bien y alentándola a seguir así. Esto último es una forma sencilla de valorar el esfuerzo, celebrar los pequeños logros y motivar a alguien a repetir conductas de excelencia, ayudando a que se vuelvan hábitos.

Por último, la gratitud se cultiva viviéndola. Por tanto, ¡permítete ser feliz! Valora qué es lo que tienes, en lugar de poner la mirada en lo que te falta. Reserva espacios para meditar y valorar esos granitos de arena que podrías extrañar si mañana no los tuvieses. Considera, también, la posibilidad de contar con un partner de gratitud: alguien con quien compartas el maravilloso trekking que es desarrollar este hábito. Acompañado llegarás más lejos. Y, por último, siguiendo el consejo de Mihaly Csikszentmihalyi, disfruta cada día de tu vida, haciendo de ella una danza interminable. Entonces, entenderás la sabiduría que se oculta entre los versos de la hermosa canción de Mercedes Sosa: “Gracias a la vida, que me dado tanto…”.

Renzo Chavez y Gilda Bohl
27 mayo, 2021

En el breve plazo de unos cuantos meses, la humanidad experimentó un indiscutible antes y después, un giro tangible de 180° que cambiaría para siempre nuestras vidas. La pandemia nos hizo lidiar de manera inesperada con la dura realidad de las pérdidas de la vida: en el primer y más importante lugar, de seres queridos que partieron de forma súbita y que no pudimos despedir adecuadamente; luego, de trabajos e ingresos económicos; de relaciones humanas y encuentros sociales; de libertades, hábitos y estilos de vida; de sueños, metas e ilusiones. Despojarnos repentinamente de todo representó, consciente o inconscientemente, un período de duelo con todas sus letras.

La crisis sanitaria puso al descubierto verdades fundamentales de la vida, como que nuestra existencia es breve y nuestros planes frágiles; que no podemos andar por la vida sin hallarle un significado a lo que hacemos; que necesitamos de las personas y las personas necesitan de nosotros. Verdades evidentes, pero que habíamos olvidado; que habíamos descuidado y relegado al segundo plano, quizá por considerarlas irrelevantes, prescindibles o inútiles. En tal sentido, este tiempo de duelo significó una oportunidad única para detenernos a meditar, a reconsiderar prioridades y decisiones, a agradecer y valorar nuestro aquí y ahora. Dicho de otro modo, nos permitió reconectar con nuestras necesidades espirituales, olímpicamente desatendidas pero fundamentales para nuestra autorrealización. Reencontrarnos con este ámbito de nuestra existencia ha constituido un importante paso, pero es apenas el inicio. De ahora en adelante, tenemos la responsabilidad de convertirnos en expertos en satisfacer los pedidos y reclamos de nuestro yo profundo.

A veces podríamos pensar que el cultivo de la espiritualidad humana está restringido a unos cuantos iluminados. De modo similar, podríamos creer que satisfacer necesidades de índole espiritual es sinónimo de practicar una religión. Sin embargo, existen muchísimas formas de desarrollar lo que reconocidos autores como Danah Zohar y Daniel Goleman denominaron “inteligencia espiritual”. En sencillo, ejercitamos el músculo de nuestra inteligencia espiritual al practicar habitualmente actividades que favorecen el desarrollo de nuestra autoconciencia y, al mismo tiempo, la continua salida de nosotros mismos. Ello, desde las neurociencias, se explica a través de la estimulación de ondas cerebrales de tipo alpha y theta, las cuales son responsables de favorecer procesos cognitivos como la memoria, la meditación, la intuición y la creatividad.

Las personas con una inteligencia espiritual altamente desarrollada se caracterizan por su capacidad para abordar preguntas fundamentales y hallar respuestas en relación a la propia identidad, sentido y propósito de vida; para afrontar la adversidad con flexibilidad, resiliencia y madurez; para comprender la realidad como un todo complejo, desde una mirada amplia y, profunda; para empatizar con las necesidades reales y potenciales de las personas; para amar y forjar vínculos sólidos y significativos; para tomar decisiones acertadas, consistentes con los propios valores y beneficiosas para todas las partes; para servir con generosidad a quienes les rodean; para construir un legado que perdure en el tiempo y trascienda la propia vida. En síntesis, volver sobre sí y trascenderse a uno mismo constituyen, juntos, la sístole y la diástole de la espiritualidad humana. 

En el ámbito organizacional, la inteligencia espiritual favorece el acceso a las motivaciones, valores y fuentes de significado más profundas, fortaleciendo la identidad cultural; permite la asunción consciente y responsable del impacto positivo y negativo que se genera en el otro y en el sistema; beneficia el alineamiento de las acciones, operaciones y decisiones diarias en torno al propósito de la organización y las necesidades de los stakeholders, alentando la innovación continua y la búsqueda activa de nuevas formas de añadir valor a la sociedad.

La inteligencia espiritual está demostrando ser importante tanto para nuestra vida personal como profesional. El contexto presente ha evidenciado que nuestra sed de sentido, nuestro anhelo de trascendencia y nuestro deseo de conectar con las personas, evidenciados en las circunstancias adversas, constituyen potentes motores de crecimiento para el ser humano y los mejores aliados para levantarse, reinventarse y alcanzar el máximo potencial. Dado que dedicamos una considerable fracción de nuestra vida al trabajo, es importante que nuestras necesidades espirituales hallen en nuestras labores un espacio seguro para su cultivo. Será importante que, a la hora de rediseñar la nueva normalidad de las empresas, incluyamos las necesidades espirituales en nuestra agenda, aprovechando la flexibilidad del teletrabajo al igual que los beneficios de las tecnologías digitales para satisfacerlas. En suma, es esencial migrar hacia un estilo de vida renovado, que favorezca tanto la búsqueda del ser como las necesidades del hacer y tener, es decir, hecho a la medida del ser humano en su totalidad.

Renzo Chavez
4 septiembre, 2019

Si te has sentido así en los últimos días, descuida: no eres el único. Estamos ante un fenómeno de envergadura mundial. Según estudios de la Universidad de California, el 93% de nuestro tiempo transcurre, literalmente, en “modo inercia”. En pocas palabras, apenas el 7% de nuestro día acontece bajo un estado de conciencia y atención. Claro está que andar por la vida en “velocidad crucero” es, de cuando en cuando, no solo normal sino necesario: así reducimos los millones de estímulos sensoriales que nos asestan para crear atajos neurológicos que nos permitan ser funcionales.

Sobrevivir, sin embargo, en “piloto automático” no solo es inadecuado, sino nocivo para nuestra salud a largo plazo. Gradualmente, un sutil cuadro sintomatológico ha ido ganando presencia en nuestras oficinas: estrés, aburrimiento, desgano y desmotivación; escepticismo, cinismo, apatía y “reactividad”; o, por el contrario, “workaholism”, hiperactividad, “urgentismo” y ansiedad. Dos caras de una misma moneda, que deben suscitar en nosotros la inaplazable pregunta sobre cómo venimos lidiando con nuestro día a día en el mundo laboral.

Hace unas semanas, la OMS publicó la nueva edición de la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11, que entra en vigor en enero de 2022), donde ha catalogado por primera vez el “burnout” como un “fenómeno ocupacional” que podría requerir de atención médica o psicológica, aunque no hayamos de considerarlo como una condición médica propiamente dicha. Este documento lo ha definido como “síndrome resultante del estrés crónico en el lugar de trabajo, que no ha sido trabajado con éxito”. Según cifras de la propia OMS, el 10% de la fuerza laboral padecería un cuadro formal de burnout, caracterizado por altos niveles de cansancio emocional y despersonalización, unidos a una paupérrima sensación de realización personal. La fuente última del síndrome de burnout se encontraría –insiste la OMS– en causas estricta y exclusivamente laborales.

No hace falta padecer burnout para encender nuestras alarmas y emprender acción. De suyo, todos y cada uno de los síntomas enunciados expresan un mismo panorama: gran parte de la fuerza laboral no se experimenta conforme, y no solo dentro de la oficina. Más aún, crecientemente tanto nuestros hogares como los demás ámbitos de nuestra existencia van siendo “contagiados” por tan preocupante cuadro. Esta situación, en lugar de derrumbarnos, debe constituir una desafiante ocasión de mejora y crecimiento. A veces creemos que estos problemas son ajenos a nosotros, o que deben ser tratados por el área de Recursos Humanos. Tratándose, sin embargo, de nuestra salud y felicidad, somos precisamente nosotros los primeros responsables en cuidar de nuestro equilibrio.

… al “aquí y ahora”

El estrés no es el problema, dado que constituye parte integrante de nuestra vida. Querer eliminarlo sería un despropósito, dado que muchas veces el estado neuro-fisiológico de tensión nos ayuda a ser funcionales bajo circunstancias de apremio, permitiéndonos lidiar con problemas que exigen de nosotros una solución pronta y eficaz. Existe, sin embargo, un “estrés desadaptativo”, que tiene lugar cuando dejamos que presiones irreales nos “asfixien” hasta hacernos daño. Se estima que el 85% de nuestras “preocupaciones” son falsas, es decir, no son más que previsiones que nos roban el sueño y que no tienen asidero en la realidad, porque, en la práctica, ni siquiera ocurren. Es más: el 80% de las veces logramos sobrellevar aquello que nos estresa mucho mejor de lo que pensábamos. En pocas palabras, no tiene ningún sentido angustiarse ni por el pasado que ya ocurrió ni por el futuro que aún no adviene. La clave está en vivir en el presente.

No se trata de evitar las tensiones cotidianas, sino de regularlas, modularlas, gestionarlas y, al fin y al cabo, redirigirlas como el aikidoka para nuestro beneficio y provecho. He ahí que, contrariamente a lo que muchas veces creemos, sí está en nuestras manos revertir el escenario que muchas veces nos subyuga. Ello no quiere decir que podamos cambiarlo “todo”, es decir, transfigurar de la noche a la mañana las imperfecciones de la vida laboral y suprimir todas aquellas situaciones que suponen un buen motivo para refugiarnos en el caparazón de tortuga que es nuestro “piloto automático”. Lo que sí podemos hacer, ciertamente, es modificar nuestra respuesta habitual ante todos aquellos sucesos que eventualmente nos afectan más de la cuenta, hasta saturarnos.

Evidentemente, para romper con la mentalidad del “piloto automático” no bastará con desterrar las reacciones del estrés desadaptativo. Hará falta, por supuesto, migrar de una lógica del “hacer” maquinal, rutinario e irreflexivo a una renovada mentalidad del “obrar” consciente. Para ser efectivo y sostenible en el tiempo, este cambio de óptica exige que incorporemos un abanico de buenas prácticas que permitan su asimilación y concreción. Una de las más valiosas herramientas para enfrentar y superar la mencionada condición se denomina “Mindfulness” (traducido al español como “atención plena”).

La milenaria práctica del mindfulnessconsiste en mucho más que hacer una pausa para que nuestra mente se despeje. Pese al escepticismo de algunos, esta disciplina no tiene nada de esotérico ni religioso. Todo lo contrario: validada en sus efectos y beneficios por la neurociencia contemporánea, es apreciada y promovida por nada más y nada menos que gigantes del mercado de la talla de Google, Intel y Target. ¿En qué consiste, pues, el mindfulness?

En palabras de Kabat-Zinn –uno de sus principales difusores–,mindfulness es prestar atención de manera intencional al momento presente, sin juzgar. No se trata de poner nuestra mente en blanco, sino de traerse a sí mismo al “hoy”, es decir, al aquí y ahora. Significa, en pocas palabras, volver el foco de nuestra consciencia hacia lo esencial, aquietando nuestra mente –habituada al piloto automático– para reconectar con aquel propósito inspirador que simplemente teníamos olvidado en el ático. El ejercicio repetido de esta sencilla práctica permite un estado sostenido de felicidad, vinculado a la presencia habitual de ondas cerebrales de frecuencia alpha y theta (propias del ciclo consciente) y experimentado, a su vez, bajo la sensación de que fluimos en toda acción que emprendemos y de que nos realizamos en la medida que obramos lo cotidiano.

Las nuevas generaciones somos cada vez más conscientes de que no debe haber una oposición entre “vida” y trabajo (¡como si el trabajo no fuese parte de la vida!), sino un equilibrio entre nuestras actividades de crecimiento a título personal y nuestro desempeño (y también desarrollo) profesional. Sabemos que la vida no se agota en la oficina; reconocemos, sin embargo, que el ámbito laboral es un elemento constitutivo e irrenunciable para alcanzar nuestra realización personal. Por ello, no nos conformamos ni con “vivir para trabajar” ni con “trabajar para vivir”. Queremos –y estamos dispuestos a luchar por ello– una “carrera profesional” con propósito, donde nos desarrollemos integralmente, haciendo de nuestro mundo un lugar mejor y, al mismo tiempo, obteniendo los recursos necesarios para una existencia realizada, digna y feliz. Y no creemos que sea mucho pedir. Está en nuestras manos salir del “piloto automático”. Pero no solos. Juntos, podemos cambiar de óptica. Juntos, podemos ser felices y fluir