Renzo Chavez
15 agosto, 2020

“PRODUZCO, LUEGO EXISTO”

Dicen que una de las mejores formas de mejorar nuestra productividad consiste en dejar de lado todas aquellas actividades que podríamos delegar o que, simplemente, no nos compete poner por obra, para así dedicarnos a aquellas que realmente nos atañen, nos apasionan y nos resultan significativas para añadir valor a las personas. Parece que del dicho al hecho sí hay un largo trecho, puesto que, aun conociendo la existencia de estas verdades, nos resulta inexplicablemente difícil llevar estas consideraciones a la práctica. Es decir, preferimos que actividades innecesarias sigan robando nuestro tiempo, drenando nuestra energía vital y absorbiendo, cual dementores, nuestra felicidad y mayores sueños, antes que despedirlas. Tal es el precio que estamos dispuestos a pagar para mantenernos, al fin y al cabo, ocupados.

¿Qué sucede? ¿Por qué nos cuesta tanto abandonar estas sanguijuelas de la productividad? ¿A qué se debe que nos aferremos tan tozudamente a ellas? Precisamente, a que insistimos en cimentar el edificio de nuestra honda valoración personal sobre el pantanoso terreno de las actividades que llevamos a cabo. Esta práctica, tan habitual durante la actual coyuntura, no se circunscribe a razones de inseguridad laboral (“si no demuestro que soy valioso para mi puesto de trabajo, entonces pierdo el empleo”), sino que, en última instancia, obedece a una confusión histórica entre ser y hacer; entre dignidad y acción; entre identidad y libertad.

En sentido estrictamente etimológico, producir (facere) y obrar (agere) designan, cada cual, un ámbito diferenciado del “hacer”. Ambas acciones eran consideradas indispensables para la correcta realización personal, con la salvedad de que la primera debía ordenarse a la otra.  El término facere está referido a aquellos actos que, realizados, modifican y perfeccionan la realidad circundante, transformándola. El sujeto imprime su huella singular sobre el objeto producido; no obstante, este último existe de modo ajeno e independiente a su autor. Por su parte, el vocablo agere, perteneciente al ámbito de la moral, designa una acción inmanente, cuyo efecto incide principalmente sobre el propio sujeto que la realiza, perfeccionándolo.

El ser humano, independientemente de cuanto produce y obra, es digno por naturaleza, esto es, posee un valor primordial e inalienable, inscrito en la línea del ser (no del hacer). Todo cuanto obramos tiene la capacidad de contribuir o desdecir quiénes auténticamente somos, haciéndonos mejores o peores personas; y todo cuanto producimos, en esta misma línea, es capaz de añadir o restar valor al mundo que nos rodea. Ninguna de nuestras acciones –tanto buenas como malas, productivas como improductivas– constituye el último fundamento de nuestra dignidad personal. Luego, la creencia que subordina nuestra valoración y estima al conjunto de resultados que alcanzamos no solo es falsa, sino, incluso, perjudicial y riesgosa.

Necesitamos, pues, cambiar más que formas de trabajar. El teletrabajo no es, per se, ninguna solución. Al contrario, como ya hemos mencionado, arrastra consigo sus propios desafíos y oportunidades. El cambio debe empezar en las personas: en cada persona y, también, en la propia cultura de trabajo. Para lograrlo, necesitaremos transformar nuestro vigente mindset de trabajo. Debemos dejar atrás aquellas creencias disfuncionales que catalogábamos como normales, para incorporar en su lugar una renovada óptica de productividad, mejor alineada al conjunto integral de las necesidades humanas. Y, ciertamente, tendremos que ocuparnos de modo prioritario de desterrar aquella creencia dominante que, engañosamente, susurra a nuestros oídos que “somos en la medida que hacemos, o, más claro aún, que “valemos si y solo si producimos”.

 

PRODUCTIVIDAD CENTRADA EN LA PERSONA

Llegados a este punto, podemos proponer, ahora sí, una visión renovada de productividad. Para tal propósito, no ofreceremos una “receta”, dado que no existe al respecto una fórmula unilateral ni mucho menos de fácil aplicación. Lo que sí podemos ofrecer es un trinomio que nunca debemos dejar de lado, y es el siguiente: creencias–hábitos–entorno. En aquel orden. Empezar de atrás para adelante es posible, sí, y lograremos pequeños cambios, pero solo en la medida en que empecemos desde dentro transformaremos sostenible y vigorosamente la cultura laboral.

Contrario a lo que a veces creemos, los cambios duraderos empiezan con micro-cambios, los cuales ocurren en lo profundo. Si queremos algo más que un maquillaje, esto es, si queremos que la cultura del trabajo mude realmente de piel, debemos redefinir el propio concepto de productividad. Previo a la pandemia, el trabajo era considerado unánime e implícitamente como el valor supremo de nuestra vida social. Todo era justificable por trabajo y, sin trabajo, las personas valíamos poco o nada. El predominio de lo laboral era un incuestionable de la cultura: negarlo, siquiera ponerlo en tela de juicio, equivalía a atentar contra la mismísima supervivencia de la civilización humana. Esta consideración, como ya expusimos, responde a la implícita premisa de que el fundamento de nuestra dignidad reposa, en última instancia, en las decisiones que tomamos y los resultados que obtenemos fruto de nuestra libertad. A ello debemos responder invirtiendo radicalmente la escala de valores de la cultura laboral actual, que a la fecha relega al más recóndito rincón la preocupación por el ser y lo desplaza por un hacer distorsionado y exacerbado.

Tal y como hemos mencionado, sin cambio de creencias no hay mayor transformación. Pero si este renovado mindset no es acompañado por prácticas que lo soporten y lo concreten, de nada sirve. Virtudes y competencias, a saber, buenos hábitos tanto en el plano moral como operativo, resultan cruciales para garantizar la sostenibilidad y eficacia del nuevo mindset. No solo es importante incorporarlos, sino también renovarlos constantemente, según las exigencias del mundo cambiante, y ello supone entender de primera mano el proceso mismo como los seres humanos nos habituamos a practicar algo, independientemente de cualquier circunstancia. De acuerdo con Charles Duhigg, reconocido autor de El poder de los hábitos, no se trata de trabajar sobre la señal o la recompensa, sino sobre la rutina. Acostumbrarnos a realizar algo de una manera determinada puede tardar entre 18 y 254 días, variando según el grado de fijación de la conducta a modificar. Luego, no esperemos que grandes cambios acontezcan de la noche a la mañana (y, mucho menos, cuando llevan aferrados desde años interminables a creencias de honda y extensa raigambre).

Por último, pero no menos importante, es preciso garantizar también un entorno higiénico, a saber, propicio para el trabajo y seguro contra los célebres ladrones del tiempo (a saber, las distracciones, las interrupciones, los desmotivadores y, sobre todo, la procrastinación). En la medida de lo posible, es conveniente procurar reservar bloques de concentración en nuestras agendas, donde trabajemos con dedicación y enfoque de mayor exigencia interior. Y, para pendientes de menor grado, disponemos de un sinnúmero de herramientas, muchas de ellas digitales, que nos permiten organizarnos y priorizar lo importante por encima de lo urgente. Siempre respetando el principio referido, a saber, el de invertir nuestras fuerzas y tiempo a realizar exclusivamente actividades que sea nos obliguen, sea nos añadan valor, a saber, garantizando que, cuando trabajemos en algo, seamos irremplazables en hacerlo.

Se trata, en efecto, de proponer una productividad centrada en la persona, en donde el auto-conocimiento de nuestras fortalezas y limitaciones sea el punto de partida para rendir mejor y para alcanzar, con realismo, las más altas cotas de excelencia. Ello supone, por un lado, un alto conocimiento de la realidad humana, a saber, sobre qué necesitamos las personas; cómo nos comportamos e incorporamos hábitos; sobre qué nos motiva y nos desmotiva a diario; sobre qué condiciones precisamos para rendir al máximo. Recordemos que la productividad no tiene como máxima “trabajar más”, sino “trabajar mejor”. Y que el parámetro de lo mejor no es, de ninguna manera, el principio unilateral del rendimiento, que desemboca en valorar a la propia persona en términos de resultados, sino más bien la misma naturaleza humana.

 

CONCLUSIÓN

Si hubiésemos de resumir en dos breves frases el renovado principio de productividad que hasta el momento hemos expuesto, propondría las siguientes: hacer que las cosas sucedan, y dar siempre lo mejor. Considero que la productividad es el resultado de sumar efectividad y excelencia. En efecto, en la medida en que trabajemos mejor, no solo alcanzaremos los más altos resultados (incluso, en el menor tiempo), sino también agregaremos el máximo valor posible a las personas y a la sociedad.

La coyuntura actual, que afecta directamente el modo como hasta entonces habíamos estado trabajando, constituye una oportunidad dorada para mudar no solo las formas externas de la vida profesional, sino para reformar, desde su raíz, la cultura laboral misma. Después de esta pandemia, podríamos tranquilamente volver a la “normalidad”, esto es, al estado de las cosas tal y como eran antes. Habríamos, en mi opinión, malgastado una oportunidad dorada para dejar atrás un amplio rango de creencias, hábitos y estructuras arcaicas y nocivas que, hasta entonces, dominaron nuestra conducta. Hoy contamos con una ocasión impostergable para mejorar una crucial dimensión de nuestras vidas que, actualmente, ocupa más de la mitad de nuestro tiempo despiertos y que, a su vez, constituye una de las principales fuentes de nuestra realización humana. Únicamente de nosotros depende que el futuro del trabajo, aquel que heredemos a las próximas generaciones, sea no solo distinto sino mucho mejor.

Renzo Chavez
1 julio, 2020

TELETRABAJO: EL DESAFÍO LABORAL DE LA PANDEMIA

¿Quién diría que aquel ordinario viernes, cuando nos despedíamos de nuestros colegas con ese satisfactorio “¡buen fin de semana!”, sería la última vez que trataríamos cara a cara con ellos, al menos por los próximos tres, cuatro o sabe Dios cuántos meses? Ni el ojo más avizor habría anticipado el escenario que hoy estamos viviendo. De la noche a la mañana, nuestro ya cambiante mundo dio un giro radical, sin precedentes. Es increíble cómo un microscópico virus ha logrado desbaratar nuestro habitual estilo de vida en tan corto tiempo, alterando de forma inédita las reglas de juego de la sociedad y del mercado.

Uno de los principales afectados por la pandemia ha sido, innegablemente, el ámbito laboral. En tiempo récord, millones de trabajadores nos vimos obligados a abandonar la oficina para migrar, por tiempo indefinido, a un improvisado cubículo casero. Desde un inicio, acudimos al teletrabajo cual salvavidas y, mal que bien, tal recurso demostró ser una solución alturada frente a los reveses de la coyuntura (aunque, definitivamente, no resultó ser la panacea de la que los expertos habían hablado durante años). Un considerable segmento de la población laboralmente activa no corrió la misma suerte, viéndose forzado a suspender súbitamente sus labores o, en el peor de los casos, a quedarse inopinadamente sin empleo.

Trabajar a distancia traía consigo nuevos desafíos. Entre ellos, requería contar con un vasto abanico de competencias y habilidades, tanto duras como blandas, a fin de garantizar cuotas de rendimiento conformes con los estándares de desempeño. Claro está que, en un contexto de emergencia, no hubo ocasión de capacitarnos anticipadamente, de manera que todos, sin excepción, tuvimos que aprender a tropezones y un tanto sobre la marcha. Con total certeza, cada cual habrá echado mano de recursos y herramientas que, en general, resultan útiles al sobrellevar situaciones de esta índole: mejores prácticas, motivadores, hábitos y creencias de lo más diversas (según las distintas personalidades, estilos de trabajo y etapas de la vida).

Con el correr de los meses, muchos teletrabajadores nos dimos con la agria sorpresa de que, si bien trabajar a distancia ya no era tan complejo como al inicio, sí que nos costaba cada día más rendir al ritmo de antes. La tentación de procrastinar nos rondaba incesantemente por la cabeza. Tímidamente al inicio, desvergonzadamente después, las distracciones pululaban a nuestro alrededor. Nuestra actitud, compromiso y esfuerzo empezaban a flaquear; nuestra voluntad amenazaba con ceder; el cansancio acumulado ganaba, palmo a palmo, la batalla.

 

“DARLO TODO”

Muchos de nosotros jugamos todas nuestras fichas por el habitual “vamos para adelante”, lo que es lo mismo que decir: “querer es poder”, “solo es cuestión de voluntad”, “el que la sigue, la consigue”, y “está completamente en mi poder decidir cuán bien rindo en esta coyuntura”. La implícita presión de alcanzar sí o sí las metas proyectadas, unida a la preocupación frente al riesgo real de perder en cualquier momento nuestro trabajo, se tradujo espontáneamente en un notorio incremento del tiempo dedicado a laborar (mayor, incluso, al número de horas invertidas cuando asistíamos a la oficina). De acuerdo con estudios recientes, se estima que la jornada laboral habría aumentado, al menos, en una hora diaria durante el confinamiento.

Se decía que el teletrabajo solucionaría el desequilibrio entre vida personal y profesional, o que, al menos, reduciría considerablemente la brecha entre ambos. No solo no ocurrió esto; sucedió, precisamente, todo lo contrario. Empezamos a laborar más, y más, y más, hasta que llegó el momento en que, naturalmente, el trabajo lo invadió todo. Al hacer de la casa nuestra oficina, poco a poco se desdibujaron las fronteras entre lo laboral y lo privado. Desprovistos del descanso y la renovación que el hogar nos proporciona, no hallamos cómo reponernos del malsano ritmo de sobreexigencia al que nos habíamos sometido y no pudimos sino bajar, eventualmente, los brazos extenuados.

¿Qué esperábamos? Me refiero: ¿en serio creímos que era humanamente posible exigirnos más allá de nuestros límites, sin mayor consecuencia? “A más empeño, mejores resultados” –nos decíamos–. ¿Era eso cierto? Quiero decir: ¿realmente bastaba con “ponerle más punche” para conseguir, casi por arte de magia, los resultados proyectados desde un inicio? ¿No sería más bien que debíamos cambiar algo distinto, más allá de la actitud?

El problema no es apostar por mis propias fuerzas: eso es válido, importante y necesario. El verdadero problema es creer que, solo apoyándome en mi fuerza de voluntad, puedo hallar solución para todos los problemas de la vida. En sencillo, que solo ‘exigiéndome un poco más’ y ‘dando el extra’ puedo resolver cualquier situación compleja. Toda gestión del cambio, por más pequeña que esta sea, no se sostiene a largo plazo cuando es superficial, esto es, cuando empieza solo por mudar conductas o actitudes externas. Para ser realmente efectiva, debe empezar desde dentro, es decir, desde lo profundo, para luego proyectarse hacia afuera.

“Darlo todo” es un peligroso y disimulado eufemismo. Significa, en términos prácticos, hacer del logro de resultados la máxima de nuestra conducta, bajo el pretexto de la productividad. Claro está, de una productividad mal entendida o, mejor aún, no entendida en absoluto. Y es que, simple y llanamente, ser productivo no es “trabajar más horas”, ni tampoco “trabajar más rápido”, ni mucho menos “hacer el mayor número de actividades al mismo tiempo”. Se trata de trabajar mejor, no de “ponerle más punche”. El solo esfuerzo no basta. Es loable, sí, y necesario, pero no basta para generar cambios.

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